lunes, 17 de marzo de 2014

La que avisa no es traidora

Esta semana me encuentran ustedes por aquí...



http://elclubdelasmadresfelices.com/avisa-no-es-traidor/

martes, 11 de febrero de 2014

Donde dije digo... acabo siempre diciendo Diego.

Debería de haberlo sabido. Digo yo, vamos, que para eso me veo la jeta a diario desde hace treinta y dos años y me conozco mejor que nadie.

Y es que basta con que, toda flamenca, haya yo puesto a Gott por testigo de algo, que lo tenga repetido hasta la saciedad o que se lo esté recordando a diario a mis congéneres, para que acabe incumpliéndolo.

No falla, oigan.

Bien lo saben mis polluelos, que escuchan cientos de veces al día aquello de que me voy a enfadar - acoletillado al caer las tardes por un lo digo en serio guturalísimo pero, visto lo visto, nada convincente.
Lo intuye el Maromen, al que a menudo encarantoño con promesas de varios rombos si acuesta él a la prole, para mutar en orco roncante nada más rozar la almohada.
Y mis padres, pues qué van a decir ellos, que me han escuchado jurar y perjurar que nunca jamás me casaría ni mucho menos tendría hijos, y ya sabemos todos (carraspeo general) cuál es mi actual tesitura.

Mas sobre este tema en particular, del que con humildad vengo hoy a desdecirme, tentados estuvieron de creerme en tropel. Supongo que el hecho de ir regalando o desechando absolutamente todo lo que ya no usaba podía interpretarse como señal inequívoca de mi férrea determinación; y también, claro está, mi súperconvincente actitud durante la planificación de esa casa que nos entregan ya en unas semanas - y que, por cierto, en parte es la que me tiene secuestradas la atención y las energías.

He madurado mogollón, le espetaba al mundo soberbia, si he dicho que me planto, es que me planto.

Luego no sé muy bien qué me pasó, si se me cruzaron los cables a mí o es que a mi teutón la barba le favorece demasiado, o las dos cosas a la vez. El caso es que, hace unos meses, me pillé melancólica mirando los pies del pequeño, que a sus tres años ya tienen forma de lo que son y prometen pestilencias adolescentes y le susurré al Maromen, así sin pensarlo mucho, ¿y si tenemos otro?

Cualquiera en su sano juicio habría dudado de mi estado mental, enumerado las ventajas de las que disfrutamos ahora con los niños desapañalados y las noches del tirón, los al fin posibles endiñes a las abuelas y las escapadas románticas, los enchufes liberados de carcasas protectoras y la próxima mudanza. Me habría dicho que ni de koñen. O habría, simplemente, esperado a que dejase de ovular.

Pero el Maromen, señores, debe ser que tiene el juicio deteriorado, por mí o por esta vida rústica que llevamos, ya qué más dará, porque me contestó, escueto como es él, que vale.

Vale. Ahí, con un par.

Hay días que yo misma reconozco mi chaladura y me pongo a temblar. Y otros, como hoy, en los que me noto las ganas de que llegue agosto y ponerme a olisquear al próximo polluelo o polluela que a bien hemos tenido elaborar.

Eso sí, no pienso jurar que este es el último. Por si las moscas.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El sentido del ridículo

Hoy me encuentran por aquí....


http://elclubdelasmadresfelices.com/ridiculo_maternidad/

miércoles, 20 de noviembre de 2013

¿Por qué la mujer de hoy se aleja de la maternidad?

Esta semana me podéis leer aquí...



miércoles, 6 de noviembre de 2013

Pedagogía

Queridos amigos, lectores, surcador esporádico de la red, mamá, Obama...  en fin, queridos todos los ustedes que ahí estén, al otro lado de la mampara digital, prepárense porque hoy vengo a hablarles de pedagogía.

...

Bien, ahora les ruego aligeren recogiendo sus apreciadísimas mandíbulas del suelo, que empiezo ya y esto es serio.

Superserio.

Verán, desde tiempos inmemoriales, desde que el hombre es hombre y el niño, cojonero, se viene utilizando la misma técnica de supervivencia parental. Esta consiste, así grosso modo, en inculcar, alentar e incluso laurear - esto último muy característico de primerizos - comportamientos civilizados y responsables en los infantes que a cargo se tengan.

Los procedimientos que, anteriores a mi primer alarido en paritorio, se emplearon a lo largo de la historia no vienen a este mi caso, y muy probablemente al suyo tampoco, por lo que centraré mi atención exclusiva en los que se prodigan en la actualidad. La de mi casa, se entiende.

Durante el desayuno procuro servirme del lenguaje y entablar un diálogo sano y refrescante con los polluelos. Si estoy ovulando, además, le insuflo a mi voz un vigor cantarín como de profesora de infantil que los presentes tienden a agradecerme escuchándola y llevando sus tazones respectivos al friegaplatos. A veces. Bueno, una vez.

Según avanza el día, en directa proporción a mi agotamiento y el cojonerismo de las personitas a educar, suelen aumentar los decibelios - así en general los de todos - y yo comienzo a renegar de esto de la instrucción cortés, o educación amable o sentido común o como quieran llamarlo, que aquí en el primer mundo nos gusta tanto enarbolar como ideario de bien.

En concreto, mando a la mierden eso de "ser consecuente" y paso a la clásica amenza de toda la vida de Dios. Sobre todo a partir de las seis de la tarde, un día lluvioso precumpleañero, después de veintitantos muffins y un bizcocho, con el Maromen de viaje y tres terroristas desquiciados tsunamizándome el salón.

Que no les apetecía recoger, me decían, que es que no les gusta. Ahí, con dos cojonen.

Comprenderán, supongo, que la intimidación me pareciese lo más oportuno.

Y me puse muy flamenca, como la situación lo requería, y con el índice retieso les advertí que, si no habían recogido cuando volviese de tender la lavadora, los muffins para la guardería me los iba a comer yo todos. Y ahí les dejé, ojipláticos y al borde del pánico, pensando que algo de poder sí que me queda en esta casa, al fin y al cabo soy la que maneja el horno y ya casi nada se me quema.

Pues fue una idea nefasta, oigan, un auténtico desastre. No sé si es que fui demasiado convincente o que diez minutos les pareció una injusticia. El caso es que, cuando bajé echando de menos el estruendo propio del recoger sin ganas, todo seguía igual de destartalado.

Y la badeja de los muffins, vacía.

Mañana me tocará comprar algo insulso e industrial en la panadería, o quizás correr al pediatra con tres infantes regurgitantes por ingesta masiva de bollería.

No importa. He aprendido una lección valiosísima: Amenazar no sirve de nada. El día que tengan hijos ellos, ya se cagarán.